domingo, 15 de noviembre de 2015

Intento #1 (rimas al tuntún)

No te manches la sonrisa
de esas palabras diarias.
Vienen de gente sin tinta
que ha quedado despintada.
Gente tóxica, amargada, 
egoísta, interesada, 
quieren hacerte saber 
que así todo les va bien. 
Aléjate, pobre criatura, 
de esas sombras contagiosas, 
vuela muy lejos de ellos, 
conviértete en mariposa.
Sé que es duro, complicado
cuando coges de la mano
a carcasas tan brillantes
que resultan ser farsantes.
Pero aleja esos temores
y controla tus bemoles
ahora mira por lo tuyo
todo esto es más que orgullo.
Ya es hora de que entiendas
que ellos no tienen las riendas
de esa cabeza amueblada
de ideas desordenadas.
Así que coge esa espada,
la que tenías guardada
bajo el polvo de los años
que a tantos hicieron daño.
Saca pecho, eres fuerte.
Que no se rían al verte.
Lucha por aquello que amas.
Rompe esposas, siembra llamas.

domingo, 8 de noviembre de 2015

Reviviendo a Math

"Por una vez, podía dar una explicación sencilla para justificar mi comportamiento. Cualquiera se esperaría que detrás de todo aquello, estuviese alguna razón extraña e inimaginable que me obligase a ser quien no era. Pero no, en absoluto.
Sé perfectamente que echarle la culpa de algo al tiempo es una de las excusas más baratas que se pueden utilizar. Pero en este caso estoy totalmente seguro de que fue el tiempo el que hizo mella en mí. No sé cuándo sucedió. No fue algo que fuese aumentando ni que fuese cultivándose con el tiempo. Tengo la certeza de que no ha habido ningún proceso que desarrollase poco a poco ese sentimiento en mí. Simplemente, sucedió. Un día desperté y sentí aquello en mi interior como una madre embarazada puede sentir a su bebé. Al principio fue extraño. Empecé incluso a cuestionarme si aquello era fruto de una falta de contacto con la sociedad, algún tipo de bomba que se activó porque no pasaba demasiado tiempo con demasiadas personas. Pero pronto supe que no. Mi vena antisocial no producía en mí el mínimo estado de alteración, de hecho era mi vía de escape. Así que estuve dándole vueltas a aquello durante aproximadamente cinco días. Cinco días en los que no podía dejar de pensar en qué había hecho mal para que eso naciese de repente. Intenté que nadie notase aquello, que nadie se diese cuenta de que había sucedido. Revisión tras revisión, intentaba aparentar la serenidad y el poco interés que había mostrado durante todos los días de mi vida. Sin embargo, mi mente empezó a jugarme malas pasadas. Empecé a pensar que aquello que me acompañaba y que podía sentir a la perfección, era totalmente visible para todos los médicos y científicos. Montaba historias donde todos ellos estaban esperando a que confesase para someterme a uno de esos electroencefalogramas que poco decían sobre mí. Llegué a pensar que ellos mismos fueron los que provocaron que aquello naciese en mí, y estaban experimentando conmigo como si fuese una rata más de sus laboratorios. Pero pronto me di cuenta de que como tantas veces había pasado, estaba totalmente equivocado. Ese sentimiento al que tuve que enfrentarme más tarde cara a cara, había sido programado para aparecer en mi ser desde que yo había nacido, pero hasta aquel momento no había dado señas de vida. Era increíble que en mis diecisiete años de vida no hubiese experimentado nada como lo que estaba experimentando entonces. Aun así, quería deshacerme de esa sensación lo antes posible.
Pedí permiso para salir del edificio, con la excusa de que necesitaba que el aire acariciase mi pálida piel, y fui hacia el único lugar que conocía como la palma de mi mano, aquel lugar donde padecí un trauma en mi más tierna infancia. Aún recordaba como aquellos dedos manchados de barro se posaron sobre mi mejilla. Seguía recordando sus palabras, la temperatura del lugar, el aspecto que tenía... Lo único que había olvidado era la sensación que aquel conjunto de cosas me produjeron. Fue una sobrecarga de sensaciones nuevas que acabaron haciendo que algo explotase en mi interior. No estaba preparado para aquello, de la misma manera que no estaba preparado para lo que estaba apunto de ocurrirme.
Llegué al lugar en cuestión. Habían cambiado el mobiliario urbano y los árboles habían perdido sus hojas debido al invierno. Por lo demás, aquel seguía siendo el mismo parque. Lo observé todo con cautela y almacené toda la información en mi compleja tarjeta de memoria. Cuando estuve lo suficientemente seguro de que no había nadie en el lugar, me senté en el segundo banco empezando por la derecha. Rocé los listones de madera con los dedos y aspiré el olor a tierra que siempre había allí. Aquel sitio me relajaba, me reconfortaba, me hacía no querer volver al edificio. Hasta que empecé a escuchar pasos. Todos los pelos de mi piel se erizaron. Empecé a recordar lo que tantas veces había tenido que recitar: "mantente indiferente ante cualquier contacto humano". Los pasos se escuchaban a unos cinco metros. Aquella persona estaba usando botas, unas botas con la suela muy sucia por el barro. Barro. Me mantuve inmóvil en el banco. Miré hacia el frente y fijé la mirada en un punto. La persona rodeó el banco y me saludó dándome las buenas tardes. Me mantuve en silencio, pero aquel ser se empeñó en acabar con mi paz sentándose a mi lado en el banco. Seguí mostrándome indiferente. La persona abrió el bolso que llevaba colgado en el brazo derecho y después abrió ruidosamente un paquete de comida. Lo que fuese que estaba masticando hacía un ruido terrible que me empezó a molestar. Cambié el punto de mira hacia mis pies y observé la tierra. El ruido seguía y aquella maldita bolsa no se vaciaba nunca. Sin poderlo soportar más, me levanté y decidí acabar mi visita al exterior.

-- ¿Matthew?

Aquella persona había pronunciado mi nombre y eso provocó que me parase en seco. Me habían reconocido. Cosa que era casi imposible. Nadie me conocía. Los médicos decían que nadie me conocía.  ¿Qué demonios estaba pasando? Primero, aquella cosa aparecía de buenas a primeras y ahora ese ser me reconocía como podría haber reconocido a otras cientos de personas. Me giré con cautela observando despacio a aquella muchacha de no más de dieciocho años. Mi asombro fue desastrosamente notable. Era ella, la culpable de las terapias anti-traumas que tuve que sufrir durante cuatro años. Aquel ente de manos sucias que no parecía saber nada sobre ética e higiene. Ahora parecía más higiénica pero seguía sin saber nada sobre ética. Tuve que comunicarme con ella, me fue totalmente imposible no hacerlo.

-- No me vuelvas a poner tus sucias manos encima.

Aprovechando su desconcierto, huí de la situación como una liebre huye de su perseguidor."

Carol.