lunes, 18 de abril de 2016

Time waits for no one

Allí, en el fondo, me solían sentar en una silla giratoria tapizada de cuero. Tenía en frente un escritorio de madera de roble, lo suficientemente amplio como para que me pudiese tumbar sobre él en caso de inundación. Allí, en el fondo, era el objetivo de todas las luces que apuntaban hacia mí. Dejaba la barbilla bien alta, y cada vez que alguien comentaba algo que no me gustaba, balanceaba la cabeza de un lado hacia otro. Cuando hacía eso, las gotas de sudor aparecían en sus frentes, navegaban por sus rostros, y me daban a entender que sabían lo que iba a suceder. Allí, en el fondo, olía el miedo de todos los que se me acercaban. Porque era la dueña y señora de esa esquina, porque me bastaba enseñarles mi dentadura para alejarlos de mí. Bailaba sobre mi escritorio, saltaba sobre mi escritorio, les provocaba sobre mi escritorio. Y nadie, jamás, podría sacarme de ese lugar. Porque estaba segura y me sentía segura. Pero aquello no lo era todo, no era permanente. Me iban a sacar de allí, yo lo sabía. Mis armas eran solo eso: armas. Y ningún arma podía luchar contra el tiempo. El tiempo... me soplaba en la nuca. Me hacía encoger los hombros. Se colaba en mis ojos entre pestañeo y pestañeo. Y con la luz de una velita de cumpleaños, desperté un día, sentada en mi escritorio. Su tenue luz no era nada comparada con los focos que apuntaban hacia mí cuando querían tenerme vigilada. Pero lo que representaba esa vela, la hacía especial, importarte, algo digno de temer. Pisé la tarta de nata, chocolate y azúcar para mente y cuerpo hiperactivos. Sujeté la vela, superviviente de mis pisadas, apagada y exhausta, frente a mis ojos. Chillé, grité, y todos acudieron a ver qué es lo que me molestaba tanto. Vi sus caras asustadas de nuevo. Alguien se acercó a mí, despacio, con palabras suaves, cariñosas, un dado tranquilizante, pero susurrado. Me encogí sobre mi escritorio, sumisa aparentemente, pero cuando estuvo lo suficientemente cerca de mí, clavé la vela en su hombro. Hice de la vela mi arma. Pero ésta se partió. Vi cómo la cera partida caía al suelo, fuera de mi escritorio. "No puedes jugar con el tiempo". Sus palabras crearon un agujero negro de varios miles de kilómetros en mi interior que se extendía desde mi punto (0,0). Explosioné en silencio y de forma discreta y caí vencida en combate sobre mi escritorio. Las luces del techo hacían daño a mis ojos. Cogieron al animal y se lo llevaron entre todos. No opuse resistencia. Las luces fueron apagadas. Abandoné mi escritorio. Nunca más estaría segura. Y ahora sí, feliz cumpleaños.

https://www.youtube.com/watch?v=6CvuyaKmLnw