domingo, 26 de junio de 2016

Casper y las fiestas

Hay mundos que no se deben mezclar, eso lo tengo muy claro. No puedes echar gasolina por toda la casita del árbol si sabes que vives cerca de un pirómano. Hasta ahí llego. Pero sé que hay cosas que pueden convivir a la vez sin provocar un incendio, aunque nadie me crea. Sé que con unas copitas de más y bajo el efecto de la música estridente y las luces parpadeantes, este fantasma puede lograr adoptar la apariencia de cualquier otra persona del local. No es ninguna locura darle alcohol a Casper, en absoluto. Tampoco es nada nuevo que Casper sepa contonear las caderas o toquetearse un mechón de pelo. Ella sabe moverse, aunque siempre vaya a negártelo. También sabe cómo jugar, aunque quizás necesite una ayudita con hielo para eso.
La cosa es que Casper ha crecido y el hecho de que no vaya por ahí gritándolo de sesenta y nueve formas diferentes, no significa que ella siga usando pañales. Ha visto lo suficiente como para tener una agenda mental con todo lo necesario para sobrevivir en ambientes de ese estilo. También ha visto lo suficiente como para interpretar cuándo la miran con condescendencia y cuándo se la comen con la mirada. Aún está en proceso de saber responder a cada una de esas miradas, pero más o menos sabe defenderse.
Quizás, muy a menudo, te comente que la música alta y las lucecitas sin sentido la ponen muy nerviosa. Y es totalmente cierto. Sin embargo, cuando se encuentra segura de que nadie la está observando, no puede evitar dejarse llevar por la melodía, sea la que sea. Y es que, ese bicho sensiblón que lleva dentro es débil a las ganas de bailar, o al ritmo de algo que lo inspire a moverse. Lo que está muy claro es que siempre preferirá mil veces más una lata de 330 ml de nestea a todas esas botellas de alcohol. Hay cosas que nunca cambian.

lunes, 6 de junio de 2016

Y a seguir siendo

Hay días en los que quiero seguir siendo, pero personas con vacíos desgarradores succionan la esperanza de mi corazón. Este tonto corazón peludo me grita que hable, que lo exteriorice, que saque todo lo que siento. Pero sé lo que va a pasar. Sé que mis emociones no son bienvenidas en este lugar y en estos momentos. Lo he dicho ya y lo seguiré diciendo muchas veces. El mundo rechaza de pleno a las palabras de sensibles como yo. Entonces, nosotros en nuestros momentos de desgarradora intimidad, nos hundimos, nos comemos la fuerza de aquello que llevamos dentro, y que succiona parte de nuestra felicidad hacia el agujero negro que creamos por guardarnos todo por lo que la sociedad se mofa. Porque los sentimientos cobran vida en nuestras entrañas, y se aferran a nosotros, pero nos golpean el pecho desde dentro pidiendo salir. Al dejar que se queden ahí dentro... las sombras del pasado tiñen nuestros recuerdos y la luz de la esperanza musita susurros ahogados al final de la calle, a lo lejos. Y seguimos siendo. Seguimos contando y cantando. De una manera más gris, quizás, pero lo hacemos. Aún así, todos nosotros sabemos que desde ese estado de triste resignación a tocar fondo hay un simple paso, una simple mirada, un abrazo salvavidas o una carcajada asesina. Y miras a tu alrededor y todos cruzan sus metas, se pintan como grandes luchadores, mujeres guerreras y hombres que soportan grandes pesos a su espalda. Piedras pesadas que llevan escritas las tragedias usuales de la vida, las rupturas de novatos y las alabanzas al dinero que ninguno tenemos. Lo que ellos no saben es que nosotros, algunas veces y algunos días, llevamos pendido del corazón el gran pesar de que no seremos entendidos, de que no seremos escuchados, de que no recibiremos compasión y de que toda esa corona de sentimientos que rodea nuestros cuerpos, y que va creciendo como algo bello que nos esmeramos en crear, regar y cuidar... no puede salir a que le dé la luz.
Pero nosotros, nosotros seguimos siendo así, como somos, aunque duela. Y seguiremos siendo.

domingo, 5 de junio de 2016

Sonrisas recíprocas en universos lejanos

Planto mi mirada en el papel virgen, que me agarra de los hombros y me besa, me besa hasta que cada poro de mi piel queda impregnado en él, como un sello íntimo y personal. Mi sello. El sello de una pobre soñadora que busca a tientas en la oscuridad la llave de la luz. Sí, la luz. Creo haber encontrado la clave para saber dónde está. Encenderla es otro paso.
Es curioso y casi terrorífico que en ocasiones, cuando me inspiro y dejo que todo salga en forma de cascada a través de mí, mis palabras sean creadas con tal facilidad y elegancia, que me parezca que ni siquiera soy yo misma la que las está pronunciando. Un algo en mi cajita, con cara de sabio y gafas que descansan en la punta de su nariz, parece ocuparse de dictarlas a la velocidad de la luz, para crear momentos mágicos de coordinación entre las palabras que se esfuman al momento. Me gusta capturarlas al vuelo, casi sin darme cuenta, metérmelas en la boca y saborearlas lentamente. Las hago mías, completamente mías, las entiendo y las mimo, como haría una madre con sus retoños. Y, después, dejo que se vayan volando hacia el desván de mis sueños.
Son estas pequeñas cosas llenas de magia, las que me hacen querer pensar que no soy la única que actúa así o que piensa así. Cómo me gustaría observar cómo se desarrolla este proceso delante de mis ojos, en otra persona que no sea yo. Sé, o me obligo a creer, que mis palabras acaban ascendiendo hacia el cosmos de las palabras creadas con delicadeza. Y sé también, que las mías acaban mezclándose y vendiéndose a las de otros soñadores como yo, que con las luces apagadas ven universos de sensibilidad coloreando sus bellas mentes.