martes, 11 de abril de 2017

Endless

Realmente, aquel día había llegado hacía tiempo ya, pero el calendario aportaba la prueba necesaria para que no quedase duda alguna. Ya no era el espejo, ya no era su cuerpo. Ahora era ella, y no en potencia, sino en acto, dejando entrever todo cuanto nos había escondido durante dieciocho años. Leía en sus ojos y en ojos ajenos lo que podía llegar a transmitir, era consciente de sus habilidades y de sus debilidades, y de cómo enfocar todo ello para lograr un conjunto estable. Su camino había tomado nuevas direcciones: sus objetivos ya no eran tan individualistas. Consciente del impacto que toda ella podía provocar, deseaba teñir a su gusto todo aquello a lo que se creía capaz de sacar partido. Y quizás por eso, las novedades no tardaron en llamar a su puerta. Sacó entonces la conclusión de que, una vez te involucrabas en algo, una vez que apostabas por integrarte, aunque fuese parcialmente, la vida te recompensaba con nuevos rompecabezas que resolver, nuevas emociones que procesar. Y ella nunca se imaginó que vivir fuese a ser algo tan increíble, emocionante, desafiante.
Por eso, mientras paseaba rozando los barrotes de cierta barandilla de mármol, se sentía el ser más afortunado del mundo, y ya no solo por ser conocedor de todo lo anterior, sino por haber tenido la oportunidad de empezar a vivir. A vivir de verdad.

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